Mér, 22 Set 2010, 21:47
Asunto: Re: ESPRINTES INDE NAI (Ourense Running Team)
PENEDOS DO LOBO 2010. CRÓNICA TOLEDANA
Siempre fui un tipo fácil de convencer si quien lo hace es un amigo.
Después de correr en Truchillas con mi compañero de los Esprintes, Oscarourense, me quedó muy claro, que a pesar de la dureza, no iba a ser nuestra última participación en pruebas de montaña y, aunque parezca que ha pasado mucho tiempo desde entonces, tan solo cuatro meses nos separan de aquellas sensaciones y paisajes tan intensos y, tan difíciles de describir, al menos para mi.
El día 23 de agosto, comencé mi “preparación específica” para correr el Maratón de Montaña Penedos do Lobo 2010. Sé que es poco tiempo, pero hay que adaptarse a lo que hay, y, teniendo una sencilla base de entrenamientos semanales desde hace un par de años y, sin pretender hacer ninguna marca, más que acabarla, pensé que sería suficiente, tal como había hecho el año pasado con el Maratón do Miño 2009.
Más o menos, fui siguiendo el guión establecido pero, por una u otra razón, inevitables todas, no pude realizar ninguna salida de más de dieciséis kms, ni tampoco transitar por ningún terreno tan siquiera similar a lo que nos podríamos encontrar en la montaña de Manzaneda, así que, centré mi preparación en correr todos los días que podía, entre cincuenta minutos y hora y cuarto, hacer algo de bici estática cuando no podía salir a correr, y, subir y bajar las escaleras de mi casa, un segundo piso, a toda pastilla en repeticiones hasta quedarme sin aire, lo cual solía suceder a los diez o quince minutos de haber empezado.
Estaba claro que con semejante entrenamiento no se podría aspirar a mucho y que, incluso finalizar, iba a ser muy complicado si no se utilizaba una especie de estrategia consistente en pensar en ir muy despacio, bueno, esto no había ni que pensarlo, pero, me refiero, a más despacio todavía, y, conseguir entrar antes de que se cerrase el control y, sobre todo, autoconvencerse de que sería capaz de hacerlo.
Justo la semana anterior a la carrera, noté, al principio, una irritación de garganta que, con el paso de los días, se fue convirtiendo en una congestión respiratoria acompañada de fiebre y una molesta tos de las que se clava en el pecho. Llevaba casi diez días sin fumar un solo pitillo, y me va a pasar esto a cuatro días de la prueba. No fui al médico y, deposité toda mi confianza en las defensas de mi organismo. Tres días antes de la carrera me fui a la cama con 38,9 º de fiebre y, para colmo, pasé toda la noche despierto. El tema se había complicado mucho.
A base de paracetamol y mucha agua lo fui sobrellevando pero, ya sin ningún tipo de entrenamiento físico, porque estaba exhausto.
El caso es, que mejoré bastante y deseaba tomar la salida. Doy mi palabra que si me hubiese sentido mal o en peligro, no habría participado o, habría abandonado, cosa que, gracias a Dios, en más de cincuenta carreras, aún nunca me ha sucedido y, sin embargo esta vez, lo hubiese hecho, con pena, pero lo hubiera hecho.
Con todo este rollo, en absoluto trato de dar tintes de épica ni nada por el estilo, a lo que a continuación relato, sino que pretendo de demostrar que en vez de haber tardado siete horas y cuarenta y cinco minutos en completar los 42 kms, con un desnivel acumulado de 3100 metros, estoy seguro que lo habría hecho casi en las siete horas peladas e, igual que Yo, cualquiera.
Oscar había reservado un apartamento en la Estación de Montaña de Manzaneda con bastante antelación, con el fin de no tener que pegarse un madrugón el día de la prueba y, de poder establecer cómodamente, una especie de “cuartel general” a escasos metros de la línea de salida.
Llegamos sin más novedad en el atardecer del sábado y nos instalamos en un coqueto, aunque algo “retro”, en cuanto a decoración, apartamento, bastante bien equipado para poder pasar unos días esquiando en temporada, o simplemente disfrutando del lugar y de las posibilidades de ocio que allí se ofrecen.
En seguida, bajamos y nos fuimos a cenar al autoservicio-restaurante, que estaba justo enfrente del complejo de apartamentos y, ya nos encontramos con un cierto ambientillo pre-carrera. Casi toda la gente de la organización, Santi Redonet, “alma máter” de esta carrera, algún que otro corredor, sobre todo de Portugal y no mucho más.
Después de tomarnos una copa, media, en mi caso, y refresco light, en el de Oscar, en la, tan bonita, como completamente vacía Disco, que brillaba y sonaba frente al Polideportivo, nos fuimos a la cama sin más historia.
No pegué ojo en toda la noche. El sitio era acogedor, la temperatura excelente, la cama, sin problema, no había ruidos, no estaba nervioso, Oscar no ronca…No hubo manera. Me levanté, hice croquis, planos, cálculos, bebí, fui al baño, me volví acostar, escuché la radio…imposible. Ya me había pasado un par de días antes y, os aseguro que no es un mal que padezca con frecuencia, por suerte. El caso es que me resigné y traté por todos los medios de relajarme y, al menos, descansar todo lo posible.
Sonó el despertador pero, vamos, que no hacía falta. Bajamos a desayunar a eso de las seis y, ahora sí que el ambiente era “pre-carreril”. Muchos conocidos, casi todos los componentes del gran equipo Irmandiños y, ya bastantes corredores entraban y salían del amplio comedor. Oscar todavía no había recogido el dorsal pero, el caso es que teníamos que pasar control de firma y allí nos fuimos, todavía de noche, al Polideportivo en el que ya se empezaba a formar una nerviosa cola, antes, incluso de abrir sus puertas. No era para menos.
Subimos al apartamento y, con toda tranquilidad, en muy pocas carreras lo podemos hacer, nos vestimos y equipamos perfectamente para encarar una prueba tan exigente. En este punto, a Oscar se le ocurrió que sería mejor afrontar la prueba sin haber desayunado. Parece tonto, pero no lo es tanto. Salir sin desayunar y luego, desear haberlo hecho no tiene remedio, pero desayunar primero y después, decidir que sería mejor salir en ayunas, si que lo tiene. En fin, el que no entienda lo que hizo Oscar para solucionarlo que me llame un día de estos.
Diez minutos para la salida y, ésta, era enfrente de nuestro portal. Un lujazo. Todavía no se distinguía bien pero, el amanecer prometía, como mínimo, mucha luz.
Ahora sí que había mucha gente. Corredores del Cross y andarines, se mezclaban despistados con los maratonianos. Aviso desde megafonía de que, primero saldríamos los del maratón, para no liarla y, a los pocos segundos, el disparo de salida.
Justo antes, había estrechado la mano de Oscar, ya que no vería hasta el final, y cruzado unas palabras con Meira, (Can-Oso) y con Alfredo, (Furacán do Ribeiro) y, aunque por separado, ambos coincidieron en el pronóstico, (aunque más bien parecía un deseo), de que seguro que lograría terminar.
Excepto al principio, con una bajada cuasi-técnica en el primer Km. donde ya, se produjeron las primeras caídas, el terreno era perfectamente transitable, entre bosques de carballos y, otras especies de árboles que, mi ignorancia botánica, sumada a la otra, no reconoce por el nombre. Picando hacia abajo, sobre el Km. 6, nos adentramos en un terreno sube y baja, rápido, rompe-piernas y nunca mejor dicho: primer corredor fuera por un esguince. Me voy quedando atrás, de momento, como estrategia planeada, cuando me alcanza un corredor grande, con la elástica del ADAS BARCO. Conocía bien el terreno y llevaba un ritmo similar al mío. También se nos unió otro corredor de menos volumen corporal, equipado con unos bastones de caminante, que nos comentó que había hecho el recorrido completo, andando, en siete horas. Por supuesto, no se lo creí, pero cuando apareció la primera rampa importante, un muro de unos cincuenta metros con un serio desnivel, ese hombre nos dijo adiós, se fue para adelante, y ya no lo volvimos a ver, comprendiendo de golpe, que seguramente lo que había dicho podía ser cierto.
Carlos, que así se llamaba el corredor de O Barco, iba anunciándome cada metro de terreno y, empezaba encontrarme a gusto. Al cruzar la carretera, estaba su familia haciéndole fotos. A partir de ese momento, me fue hablando del imponente cortafuegos que se alzaba a nuestra derecha, de tal forma que cuando lo encaramos, casi me lo sabía de memoria y, además, como se podría subir de la mejor manera. Y así empezó todo.
Cuatro kms. de ascensión en los que, en algún momento, la pendiente es del 60%, en una zona, en la que además aún no daba el sol, consiguieron enfriarme algo más que las ideas. Hasta entonces, solo se había, prácticamente, llaneado o bajado y, lo había llevado bien. Ahora no podía, y Carlos, se fue alejando paso a paso, no sin intentar que lo siguiera, esperando literalmente parado, que lo alcanzara.
No podía, me faltaba el aire y no tenía fuerzas para subir. A las primeras de cambio y, pasándolas putas. Para colmo, ya en el primer tramo, quizás el más empinado, al mirar hacia abajo, me pareció ver que los corredores escoba venían a por mi.
En el primer avituallamiento que estaba en medio del cortafuegos, en una pista que lo cruzaba, no podía ni hablar, el corazón parecía tocar un pasodoble, cuando me alcanzaron los últimos, una pareja joven. Hombre, me sentí un poco aliviado al ver que no me descalificaban y que, por el momento, allá abajo no venía nadie.
Recuperé un poco el aliento y seguí. El terreno era mucho más favorable pero sin dejar de subir. No había forma, los corredores que alcanzaba con la vista, cada vez se iban más y más lejos. Empecé a tratar de calcular si sería capaz de llegar antes de 3 horas al medio maratón y, entre eso y los saludos al helicóptero, que entonces nos sobrevolaba, se me fue pasando el tiempo.
En el último tramo del cortafuego, después de haber hecho una pequeña vaguada en la que pude volver a correr un ratito, se veía al fondo, una elevación del camino que, en ese momento parecía vertical. En la cima, la familia de Carlos, nuevamente lo animaba y hacía fotos, mientras yo los veía a un par de cientos de metros, que aunque poca distancia, en este terreno, se trata de un mundo. Al pasar a su altura, gritos de ánimo que agradecen tanto mi mente como mi cuerpo mientras seguimos hacia arriba.
Arriba, una especie de chaira en la que se veían las antenas de Cabeza de Manzaneda, a la que hubo que atacar no de frente, como parecía, sino haciendo un rodeo para entrar por su derecha en el sentido de la marcha que llevábamos. El terreno muy engañoso. Parecía de perfil suave, más que nada porque se veía una mullida y verde hierba que, en realidad ocultaba pequeños regatos, socavones, raíces y piedras, ideales para dejarse todas las expectativas en forma de lesión. Además, al no ver el trazado más que desde cerca, (gracias al magnífico balizamiento), parecía que no se daba llegado nunca pues, al ver cerca las antenas, había que volver abrirse otra vez.
Seguía con problemas cuando el terreno se elevaba. Iba muy despacio y, ahora no era ninguna estrategia. Me pasaron 3 corredores, miré hacia atrás y entonces sí que vi al corredor escoba acercándose. Nuestro gozo en un pozo. Estaba autorizado para descalificarme si iba muy despacio y, me alcanza en una subida, imaginaros que alegría.
Me preguntó si estaba bien o si tenía algún tipo de lesión, le dije que no y…:
- ¿Entonces, por qué vas tan despacio?
Habría deseado no oír aquella pregunta. Sabía a donde me llevaba la respuesta y no me gustaba nada. Habría que resignarse o… quizás no.
Reboredo, luego me enteré de su nombre y curriculum, un experimentadísimo corredor de montaña que acaba de llegar de la Transalpine, era el que se encargaba de ir cerrando la carrera y vigilando que nadie se quedara atrás o, sin recibir asistencia. En todo momento comunicado con la organización, servicios de asistencia, helicóptero y Guardia Civil, hacía su trabajo de manera competente. Portaba agua, comida, botiquín y demás accesorios para auxiliar, in situ, a corredores de mi nivel, por ejemplo.
Faltaban un par de kms. y me estaba mentalizando para que no me doliera mucho la descalificación por fuera de control en el punto medio de la carrera, mientras hablábamos de un montón de cosas para distraernos. Así, trotando en el llano y caminando rápido en las subidas, nos fuimos acercando al puesto de control de paso.
Se quedó unos metros atrás para que pudiera entrar con la máxima dignidad y, allí me confirmaron lo peor. Me había pasado 22 minutos de las 3 horas establecidas y estaba fuera. No sé como lo hice pero, y ahora no me acuerdo como, convencí a la organización que me dejara continuar.
Desde ese punto, Km. 21, hasta el 26 es casi todo bajada por una pista bastante buena en la que se puede correr y, si se puede, hacerlo muy rápido. Algún repecho rompe la monotonía, que no el ritmo. En mi caso fue un bálsamo, ya que me empecé a encontrar con ánimos de recuperar tiempo. Aunque sabía, así me lo habían dicho, que la segunda parte es más dura que la primera, incluso forcé un poco cuando, en una de estas, miro para atrás, y veo a lo lejos, tres o cuatro vehículos que vienen en mi dirección. Nada, pensé, que en el puesto de control habían recogido los bártulos y se iban, invitándome a subir al coche y que dejara ya de enredar. Afortunadamente no fue así. Yo forcé un poco para aparentar sensación de poderío, mientras se acercaban cada vez más. ¡Joder!, si me acaban de dejar pasar hace media hora, que venía peor, si ahora voy en la brasa, para qué me persiguen?
Lógicamente, me dieron alcance y no os imagináis mi alegría al comprobar que se trataban los miembros de 3 familias de lugareños que, en obligado raid, creo haber oído que iban a una boda. Ahora que, imaginar lo que pensaría esta gente al ver a un fulano de negro, en pantalón corto, que, corría desesperadamente delante de ellos, también puede ser interesante.
Entre tanta fiesta, casi me salto un puesto de control y avituallamiento que, además hacía cambiar la dirección de la marcha hacia la izquierda.
Nos encontramos, según creo, en el Km. 26. La bajada, después de atravesar una zona quemada, se va haciendo cada vez más técnica y empinada. Aquí empecé a notar una molestia en el empeine del pie izquierdo, producida por la zapatilla al irse viniendo un poco hacia atrás por la forma de correr hacia abajo y la consiguiente frenada que se tiene que ir haciendo. Paré hasta cuatro veces para buscar un sistema de atado que anulara el problema pero no hubo forma. Además curiosamente, solo era en el izquierdo. Mientras escribo esto, tengo el tobillo muy hinchado y dolorido y, volviendo al lugar de los hechos, decir que me acordé del mantra del “maestro” Rocky Balboa: No hay dolor, no hay dolor, me repetía una y otra vez. Por supuesto, el dolor, como no, en aumento directamente proporcional a bajadas, espacio, tiempo. En fin…
Tramo súper-técnico, al menos para mí, el que, con un desfiladero vertical a la izquierda, cargado de colosales rocas, muchas dando la sensación de estar a punto de caerse, ante cualquier ruido producido, digamos estornudo o similar, así como el espacio justo entre los arbustos para pasar de uno en uno, y siempre que no sea muy fornido, se va divisando muy abajo, un estrecho valle
La temperatura va en aumento. Me había hidratado convenientemente hasta entonces. Siempre antes de tener sed pero, ahora tenía ganas de llegar al siguiente avituallamiento para rellenar el bidón casi vacío y lavarme un poco la cara.
Al rebasar un rebaño de vacas que pastaba tranquilamente, me doy de bruces con el pueblo abandonado, que mal suena esto, de Prada, en el que las casas, (incluso me pareció ver una ermita), poco a poco, se van mimetizando con las rocas del lugar. Mientras empezaba a pensar en como se podría vivir allí y quien podría haberlo hecho, llegue al avituallamiento en el que, y ya he leído a alguno más, nos venimos arriba y luego pasa lo que pasa. Un trozo de sandía, un plátano, relleno el bidón, me lavo manos y cara, aplico réflex al tobillo izquierdo. Vamos que salgo nuevo. Como para ir a un baile.
El trayecto que va desde Prada a Paradela, aunque su firme muchas veces sea igual que el lecho de un río, lleno de cantos y grandes e inestables piedras redondas, se agradece, sobre todo por las zonas de fresca sombra. Aproximadamente 4 Kms, que hice sin mayor dificultad.
En Paradela, el penúltimo avituallamiento. Sin querer, este alto se hizo más solemne. En ese momento, no era el último corredor. Se había quedado uno en el medio maratón que arrancó por detrás y venía con el corredor escoba. Un señor mayor, con una vista de lince, me lo confirmaba. Llevaba seis horas de carrera y, faltaban seis Kms. Podía lograrlo. No había vuelta atrás. No iba a abandonar. Tenía que luchar y, ya no solo por llegar sino, por no hacerlo de último.
Comencé a subir. Nada más dejar el pueblo, se toma un camino muy empinado a su izquierda y, de repente, te encuentras en una ladera en la que, en poco más de un Km., se pasa de 950 a más de 1400 metros de altitud.
Ahí me emocioné, porque sabía que por muy empinada y muy larga que fuese esa ladera, yo tenía un compromiso, y, si había llegado hasta allí, casi nada y casi nadie podrían pararme.
Entonces sí que llamé a Oscar para confirmarle que iba para allí y que me esperara, Sé que se alegró de oírme.
Es curioso, quizás fuese esa ladera el famoso “muro” del que tanto se habla en los maratones, al menos estaba donde dicen que suele estar pero, en vez de estrellarme, lo estaba subiendo, paso a paso, eso si, pero atrás se iba quedando. El problema no es que tuviera un sufrimiento físico que, no notaba, sino que el tiempo avanzaba mucho más deprisa que Yo.
Llegando a los “Penedos”, mirando hacia abajo pude disfrutar de la ascensión de Reboredo. Lo que a mí, me había costado más de media hora subir, este hombre, se lo hizo en menos de diez minutos y, sin matarse y además muchísimo más cargado que Yo.
No me queda mucho por contar. Reboredo me alcanzó y ya fuimos juntos. El corredor que venía con él había sido evacuado. Un último avituallamiento para encarar todavía un durísimo, y gracias a Dios, no muy largo, cortafuegos que parece ser hizo las delicias de muchos corredores, un tramo de algo más de 1 Km. y ya, por fin, la meta.
Se había terminado incluso la entrega de premios, no había megafonía, pensé que no iba a estar nadie pero, amigos míos, al entrar en la recta final, acompañado por Reboredo que me dijo: “Adelante, todo tuyo, disfrútalo”, escuché una de las ovaciones más atronadoras que he recibido en toda mi vida. Y eso que no había más de diez o doce personas.
Recuerdo una frase de un corredor al que admiro, O Furacán do Ribeiro: “…No me cambiaría, en este momento, ni por nada ni por nadie…” y, al cruzar el arco de meta que casi se cae, de puro aburrimiento, me lo encuentro junto con Oscarourense, que había finalizado más de 3 horas antes, completando un espectacular carrerón en su primera presencia en esta prueba. Por el contrario, yo llegué de último y, aun así.
Hay momentos que vale la pena vivir.
GRACIAS. OURENSE, 22-09-2010
Esprintes inde nai - ORT (Ourense Running Team)
Grelos, sexo, e muiñeira.