Lun, 14 Mar 2016, 23:01
Asunto: Re: El diario gatuno de Slump
Cuaderno de bitácora. Segundo año del gato. Día 251. (13 de marzo)
- ¿Eres mi socio?
- Eso parece, desde luego.
- El día de la carrera es posible que sientas una ligera punzada, será el orgullo que intenta joderte. ¡A la mierda el orgullo! El orgullo sólo hace daño, no te ayuda jamás, lucha contra esa mierda, porque dentro de un mes... cuando estés gozando de la medalla en París, te dirás a ti mismo: César tenia razón.
- No hay ningún problema, Sr. Matveiev.
- En el kilómetro treinta y dos tu culo irá a la lona... Dilo.
- En el treinta y dos mi culo irá a la lona.
Qué fantástico maratón el de Barcelona, digno de mí. ¿Perdón, puedes repetir eso? Sí, lo escribo en serio. El esfuerzo que me supone esta distancia (que por otro lado me compensa en emociones, está claro) hace que escoja con cuidado dónde voy a gastar las rodillas y los cuartos, dónde es más probable que el sufrimiento se convierta en una fiesta y sienta el calor del público y esa comunión que acaba en nudo en la garganta. Habrá quien viva esta afición como algo privado e íntimo, quien no necesite de los aplausos o huya de las masificaciones. No es mi caso y elijo en consecuencia, y busco capitales europeas y compañeros de viaje.
Aquí venía únicamente a rodar y a ayudar a Nando y pese a los desconfiados no tenía dudas de que sabría pararme a tiempo. Pero el fin de semana me fui empapando de maratonismo desde la feria ciclópea y la Breakfast Run del sábado (que entretuve descalificando a extranjeros por caminar, Nein, nein! Not good, walking not allowed! Invalidation, ce n'est pas bon, sapristi, achtung!) y los nervios de la víspera, pues mi tarea tampoco era baladí. Y al llegar la mañana del domingo y andar apurados buscando un café de última hora, y el guardarropa y los esparadrapos y los estuches con los geles y las fotos de recuerdo, y las fuentes de Montjuïc y los veinte mil corredores, y gritar juntos que estábamos full, en fin, ya mandaba más el corazón que la cabeza.
Corazón delator, no te temo que te tengo controlado con la tecnolog..., hum, no parecía ir bien el pulsómetro y se me ocurrió resincronizar la banda y empezó a detectar todos los Garmin del perímetro y se desmadró y tuve que quitarla. El reloj de Nando no iba mejor, le mostraba unas frecuencias que no nos creíamos, hasta dormido las lleva más altas de tanta vuelta y patada que da en cama (según me han contado). Visualicé la cara de enfado del míster pero ya no había margen de maniobra, iríamos por ritmos y aunque perderíamos información útil a posteriori allí sería un parámetro menos a vigilar.
Arrancamos y al cruzar bajo el arco tomé el mando del dueto y marqué los pasos, y no sin sorpresa para mí vi que Nando hacía caso. Quería correr, se le notaba, pero se dejaba convencer. Vamos bien, vamos muy rápido, quieto, soooo, arre. El poder, qué goloso. Una vena dominatrix amenazaba con liberarse y lanzaba imágenes de látigos y cuero. Su GPS iba más ajustado a los carteles indicadores que el mío, así que para evitar decalajes seguimos sus tiempos. Rodeamos el Nou Camp desprovisto del glamour de las noches de partido. Pese a los pequeños tapones y las cuestas los planes salían perfectos, como insistía en repetirle para su tranquilidad. Calma que lo estamos clavando. En el 10K a 5'25” según lo previsto, no me sabía yo tan certero.
Además de liebre, cronometrador y consejero sentimental, ejercía de aguador. Cogía bebida en los avituallamientos para los dos, y cada media hora tomábamos unas sales Isostar (la novedad del día) o un gel. Todo iba bien y estaba disfrutando enormemente de la carrera. El público se entregaba y yo les aplaudía y entonces me llamaban por el nombre, palmeaba a niños y mujeres, gritaba vamoooos, sonreía y hasta me sentía guapo. Eufórico y feliz, sin descuidar a Nando. ¿Cómo vas? Bien, bien. Esto está chupado. Oigo voces, son Montse y Mary, ¡eeeehhhhh, decidle a César que geniaaaaal...! Nos siguen por la aplicación de Zurich.
Se nos une Jorge de los Veteranos Ourense al ver la camiseta de Cambados y compartimos un trecho largo con él, voy hablando con facilidad y sobrado de energía y optimismo. Más tarde nos adelanta uno de O Barco. Fauna variopinta, algún disfraz, un marchador que me clava un codo en las costillas, un ciego con su guía, los valientes de Egoísmo Positivo empujando sillas de ruedas, aplausos aplausos aplausos. Aceleramos un poco en el segundo tramo y volvemos a planchar el objetivo, a 5'20” y falta lo mejor. La zona de la Sagrada Familia es espectacular, como una etapa de montaña del Tour de Francia, no sé si son turistas o locales pero animan y animan y hala a emocionarme. ¿Qué tal? Bien, bien. Apretamos de nuevo y Jorge se descuelga, ahí ya se nos desmadra ligeramente la ruta, un poco más rápido de lo previsto. ¿Controlado? Sí.
Llegamos a la media y estamos en proyecciones de sub 3:45' y se supone que la segunda parte es más fuerte, coincide con una bajada y nos venimos arriba (al revés de lo que la topografía dicta), vas a superar mi marca, Nando. ¿Nando? Hum. Sí, sí, pero voy a hablar menos. Hum. Unos reguerillos de sal seca le cicatrizan la cara. ¿Y las piernas? Un poco pesadas. Hum. Pero mantenemos el ritmo, kilómetros a 5'07”... que alternan con otros a 5'25”, vivimos de rentas y de oficio y experiencia, que algo sacaremos de estos años por esas carreteras de dios, pero no pinta bien la cosa. Por mi parte arrastro ya molestias en las piernas y la cadencia es menos natural pero sigo igual de pizpireto y saludador y festivo, ni sudo ni me acaloro ni me fatigo, y los dolores vienen de serie y no me arredran. El que me da miedo es Nando, después lo negará todo pero por el veintiocho iba tocado y cambio el discurso, no hay prisa, unos segundos por vuelta no suman ni un minuto al final, tranquilo, reservando, etcétera.
¿Puedo sacar ya el gel? ¿Me toca el Isostar? Pero si acabamos de hacerlo... Vale... Huy, no me gusta nada el cariz que está tomando esto. Venga, Nando, ánimo, coraje. El dolor es temporal pero el orgullo es para siempre, dice un cartel. ¡Gracias! Gracias, voluntarios, una echa a correr detrás de un atleta que no agarró la bebida y se la da, le grito campeona. Llegamos al treinta, sólo una vez había estado aquí, y suelto un vamooooooooos con un paaaar y vamos Daniel me responden, puño en alto. Otro cartel: Si estás leyendo esto, ya eres un héroe. Snif. Me dan ganas de ir a abrazar a alguien. Hora será de confesarlo: voy a maratones porque es el único sitio donde las chicas me sonríen. Me sonríen y alientan y qué bien sienta. Vamos, Nando, tío, ¿tú no lo notas?
Decido seguir hasta el treinta y tres, uno más de lo pactado. Por tres motivos: para darle un susto a César cuando vea online que no me paro; para demostrarme que tengo fuerzas para hacer algo más de lo obligado; y por supuesto para apoyar a Nando unos metros más. Hasta el siguiente avituallamiento, venga. Pasamos por el treinta y dos y Montse se queda con un palmo de narices, espérame que vuelvo, le digo y no me entiende. Ya voy acelerando a por el agua y regresando a por él como si fuese un profesional, y es que está sin energías, llegamos a una pequeña subida y en el indicador me despido, le deseo suerte y sobre todo ánimos, son nueve kilómetros nada más, déjate ir como un rodaje de paseo que tienes margen de sobra, arriba, venga, venga.
Me aparto muy contento por mi tirada y algún espectador me quiere ayudar para continuar, tengo que dar explicaciones, que no, que hoy no era mi maratón, que tal y cual, que ya he cumplido. Me hago una foto con el punto treinta y tres y la paso al grupo de whatsapp, doy el parte, ahora ya va solo, regreso caminando, no encuentro a Montse, grito a los que vienen de frente, vamooooos que podéis, vamooos, cojo un agua y una naranja y me preguntan si estoy bien, un trato exquisito y cálido, vengo encantado y con pena de haber plantado. Ya lo he dicho: aquí se merecen que corra yo. De diez.
Pillo el metro y la máquina no acepta el billete de veinte euros y una chica me invita al viaje, una chica desconocida y catalana me paga un ticket de tren, ahí queda eso. De once ya. Voy a la salida y soy el único en el vagón en calzones y camiseta y los niños me miran con disimulo, me he quitado el dorsal para que nadie piense que quiero recortar. Vamos chateando y pendientes del móvil, Nando va cada vez más lento, más lento, y se acerca peligrosamente a las cuatro horas invalidantes (otro día desarrollo el tema). Mientras tanto mi avatar continúa avanzando por sí mismo y le voy ganando incluso cuando ya abandoné la prueba, tengo que enviar una foto para demostrar que no estoy corriendo y que es magia informática. Entre el cuarenta y el cuarenta y dos transcurre un mundo... y tras angustiosos minutos sale el resultado, finisher en 3:56'32”, peor registro que el que vale y entrena pero terminado y en hora. ¡Bravo!
En meta estaba Mary con un globo amarillo en la mano cual girasol, preocupada por todos. Ya no voy a contar cómo nos reencontramos mucho después, cómo perdimos al maratoniano y lo hallamos en la calle envuelto en un plástico como un despojito que daba pena verlo o la comida-merienda posterior en casa de unos cambadeses en el exilio y sus tres hijos que se llaman Pau, cómo el karma hizo que el perro intentase morder a Nando tras burlarse de mi cinofobia, y cómo en un futuro cambiaremos el running por la bachata dominicana.
Aventuras en la gran ciudad. Y seguimos hacia París. Tres semanas y cierro esta última con casi ochenta kilómetros.
Mientras tanto, en la organización aún me siguen esperando.
Como el Ave Fénix resurjo de mis lesiones
Última edición por DoctorSlump o Mar, 15 Mar 2016, 9:12; editado 1 vez